jueves, 19 de marzo de 2015

CAPITULO I

Todos los años, la misma historia, “ Cuando cumplas catorce años, entenderás todas las maravillas cuando salgas a una tienda para elegir tu regalo”.
Había sido así durante toda mi vida, o al menos desde que tengo memoria alguna. Todas las niñas al yo llegar allí, me habían acariciado, abrazado y dado la bienvenida al sitio que había llegado, todas llevaban un camisón igual, blanco, igual de puro y natural. Creo que cuando alguien entra en un internado no habría que alegrarse por tener a otro “prisionero” recluido en aquella casa, pero con el tiempo eso se había olvidado, mejor dicho le pusieron otro nombre: compañía. Esa palabra... La misma que habían dicho mis compañeras en un larguísimo pasillo con varias literas a ambos lados.
Allí se respiraba un aire feliz, cautivador, todas estaban entorno a mí, intentando ver a la recién llegada, y las que no llegaban a ver preguntaban mi nombre, yo por aquel entonces no hablaba, bueno en esa ocasión no, solo tenía seis años de vida...
-¡Cómo se llama! ¡Cómo se llama!
No respondí.
-Se llama Cheshire y será vuestra nueva compañera de juego y de habitación.
Me quede callada y baje la cabeza en gesto de afirmación lo cual hizo un mayor énfasis en las chicas que me rodeaban, al cual yo preste la menor atención posible ya que todo lo que decían eran exactamente lo contrario de lo que yo era...más o menos.

Desde que nací mi melena era rubia con reflejos blancos, tenía la cara pálida y a veces un poco morena si me pasaba un muy buen rato al sol, nunca me habían interesado las muñecas, más bien les arrancaba la cabeza por diversión. Siempre me habían atraído los libros y los juegos que cualquier chica los denominaría “ No aptos para una señorita” digamos que no era la chica perfecta para ejercer de... ¿señorita? Lo único que podría ser comparado con una señorita era mi habilidad para la música, el arte y la lengua y, a veces, las matemáticas y el ejercicio físico, o al menos eso decía mi profesora cada vez que me comportaba como un niño: “Solo se te da bien el arte y el deporte, ¡baja de ese árbol ahora mismo!” Yo claro está no le prestaba mucha atención ya que siempre me vestía con largos vestidos molestos para trepar a un roble. Me pasaba varias horas sentada en el árbol esperando un momento preciso para cantar, leer, ver el cielo o mi alrededor y no muchas veces, esperaba a que fueran las diez o las nueve de la noche para contar estrellas. Al principio me pasaba largo rato en el suelo ya que no podía trepar por mi falta de agilidad y precisión, veía a los chicos de mi edad trepar los árboles y caerse mientras reían en carcajadas, a mí no me dejaban pasar mucho tiempo con ellos o al menos decían que me podían corromper el alma, yo era pequeña y me creí esas tonterías.

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